atlantica mauritana y se adentra en el desierto del Sahara hasta Zouarat, donde se encuentran unas
inmensas minas de extracción de hierro al aire libre.
El recorrido por el inmenso desierto es de aprox. 700 kms., pero lo más curioso es que tiene de largo el tren 3 kms., y aproxinadanente 200 vagones, con varias locomotoras que arrastan esta serpiente del desierto. (ver foto)
Pensad que un convoy normal tiene no más de 200 mts., y ocho o diez vagones.
El tren es de mercancias, el hierro, pero lleva un vagon a la cola -en la parte de atrás- de pasajeros, que sirve como unico medio de transporte a las poblaciones del interior de Mauritania, ya que en esa zona no hay carretera.
De esta forma los escasos habitantes del interior, de las poblaciones de Choum, Atar y Zouerat quedan de alguna manera comunicados y pueden ir a la gran ciudad y volver a sus aldeas aunque en muchos casos despues les tocará hacer algunos kilometros a pie.
El vagon de pasajeros que es muy rudimentario, con apenas unos ventanucos en alto sin cristales y con poco visibilidad hacia el exterior, queda permanentemente a oscuras con una bombillita que no siempre funciona.
El variopinto personal atesta los pocos metros que se dispone al llevar fardos, mercancias, paquetes,etc. etc., muchos deciden por tal motivo y por el inmenso calor humano del interior subir al exterior del tren o en los vagones de carga ennegrecidos por el sustrato del hierro.
A veces la idea de emprender un determinado viaje toma la inspiración de rutas y trayectos legendarios que los grandes exploradores, conquistadores y viajeros de época se encargaron de narrar de su propio puño y letra en sus crónicas, relatos y diarios viajeros.
El viaje del que os vamos a hablar no entra dentro de estos parámetros: no es un recorrido clásico. Ibn Battuta, Joseph Conrad o Kapuściński no dejaron escrita ni una sola línea sobre él y apenas es conocido para la mayoría de mortales. Sin embargo, viajar en el tren más largo del mundo es una de las experiencias más auténticas e inolvidables que se pueden hacer hoy en día en nuestro planeta.
Mauritania, tres millones de habitantes, un país comido por el desierto y en el que la supervivencia diaria resulta un constante desafío. Justo ahora hace un año que llegamos a Noadhibou, la segunda ciudad en importancia del país, un lugar en el que las calles han sido tomadas por las arenas del Sáhara, en el que las bolsas de plástico y la basura gobiernan cada esquina, las piezas de carne se ponen a la venta en rudimentarios mostradores donde se recuecen al sol mientras las moscas se dan un festín, una metrópoli destartalada a más no poder y donde los rebaños de famélicas cabras pasean a sus anchas. Y sin embargo, más pintoresca que la mayor parte de ciudades que estamos acostumbrados a ver en Europa.
Mauritania, tres millones de habitantes, un país comido por el desierto y en el que la supervivencia diaria resulta un constante desafío. Justo ahora hace un año que llegamos a Noadhibou, la segunda ciudad en importancia del país, un lugar en el que las calles han sido tomadas por las arenas del Sáhara, en el que las bolsas de plástico y la basura gobiernan cada esquina, las piezas de carne se ponen a la venta en rudimentarios mostradores donde se recuecen al sol mientras las moscas se dan un festín, una metrópoli destartalada a más no poder y donde los rebaños de famélicas cabras pasean a sus anchas. Y sin embargo, más pintoresca que la mayor parte de ciudades que estamos acostumbrados a ver en Europa.
Nouadhibou es la capital comercial de Mauritania.
La mayor parte de la población vive de la pesca –los caladeros
mauritanos son famosos a nivel mundial-, y otra buena parte de sus
gentes viven de la minería, procesando las miles de toneladas de hierro
que vienen de las lejanas minas de Zouerat, en la parte nororiental del país.
Precisamente, a raíz de esta abundancia de hierro se construyó en 1963 el ferrocarril Nouadhibou-Zouerat, 704 kilómetros de vía por las que transita el que está considerado el tren más largo del mundo.
Nuestra aventura comienza en una
solitaria “estación” a las afueras de la ciudad a la que hemos llegado
sin el total convencimiento de que el tren pasará –los horarios son
bastante variables, así que lo mejor es preguntar-. Sin embargo,
comprobamos que ya hay bastantes personas esperando al tren. El andén no
existe, es el propio suelo: arena y piedras del Sáhara en un paisaje
yermo en el que la monotonía solo es rota por la propia estación. Somos
los únicos turistas, junto a un jubilado griego que viaja solo y pronto
se une a nosotros. Un viajero tan valiente como inconsciente con más de
cien sellos en su pasaporte.
La gente que aguardaba en la estación
comienza a subirse a los grandes vagones de hierro vacíos. La mayoría
son hombres mauritanos y saharauis que van ataviados con sus thawbs de algodón y sus kufiyyas cubriéndoles la cabeza, una prenda fundamental para este viaje sino se quiere acabar tragando más arena de la cuenta.
Nos montamos en uno de esos mastodónticos vagones que volverán a Nouadhibou
llenos de hierro. El tren echa a andar y a pesar de que la comodidad
brilla por su ausencia, nos sentimos únicos por unos instantes.
Los camellos salvajes
que corretean paralelos a las vías del tren, las solitarias acacias que
vamos dejando a nuestro paso, y los puntuales vientos que levantan la
arena de las dunas nos dejan claro que estamos en uno de los parajes más
inhóspitos del planeta: Sáhara en estado puro.
Al poco de partir cae la noche. El calor
inicial se torna en un frío cada vez más gélido y nos abrigamos a base
de capas. Nuestros vecinos del vagón de al lado, unos jóvenes que dicen
pertenecer al Frente Polisario, nos ofrecen un té
caliente que nos pone de nuevo en funcionamiento. La camaradería entre
los pasajeros es algo intrínseco en este trayecto.
